
Hoy es un día que pesa, que duele, que aprieta el pecho como si el tiempo, en lugar de sanar, hubiera decidido profundizar la herida.
Han pasado 20 años desde que nos arrebataron a mi padre. Precisamente, como a esta hora (3:30 pm) un 20 de marzo de 2006 recibíamos la triste noticia. Veinte años de ausencia, de silencios que gritan, de recuerdos que sostienen pero también desgarran. Su muerte no fue solo una pérdida: fue una injusticia que se quedó clavada en nuestra historia, un vacío que nadie ha podido llenar y una herida que la impunidad no ha dejado cerrar.
Nos ha tocado duro… demasiado. Solo Dios sabe cuánto. Y aun así, en medio de tanta oscuridad, nos ha enviado ángeles: personas, momentos, fuerzas inesperadas que nos han ayudado a mantenernos de pie cuando todo parece derrumbarse. Pero nada reemplaza su presencia. Nada calma la pregunta constante de cómo habría sido la vida con él aquí y ahora.
Mi padre, Gustavo Adolfo Rojas Gabalo, fue un hombre profundamente social, de esos que se ganan el cariño sincero de un pueblo entero. Fue querido por muchos, admirado por su voz y su carácter, y también odiado por aquellos a quienes se atrevió a cuestionar. Como locutor dejó huellas imborrables, marcas que ni el tiempo ni quienes ordenaron silenciarlo han podido desaparecer. Su voz sigue viva en la memoria colectiva, en cada historia que lo nombra, en cada persona que aún lo recuerda con respeto y afecto.
Como su hija mayor, elevo siempre una oración para que la justicia divina actúe, porque la terrenal no fue suficiente, no alcanzó, no llegó.
Su memoria permanece intacta en los corazones de muchas personas, y ese amor que sembró es también el motor que me impulsa, en mi profesión, a trabajar por el bienestar de las comunidades, honrando su legado con cada paso que doy.
Mis hermanos y yo agradecemos profundamente cada llamada, cada mensaje, cada recuerdo compartido durante este día. Saber que su vida dejó una huella tan grande nos abraza el alma en medio del dolor.
Porque duele imaginarlo. Duele pensar que debería estar riendo, jugando con sus nietos, compartiendo historias, tal vez trabajando juntos en este mundo nuevo de las redes y la tecnología que no pudo conocer. Duele todo lo que no fue, todo lo que nos quitaron.
Veinte años sin ti es demasiado. Y más duro aún es cargar con el peso de la impunidad, en un país donde muchas veces a las víctimas no se les cumple, donde las promesas se diluyen y el dolor parece no importar. Donde, como decimos los costeños, “nos bembean”, como si nuestra lucha fuera invisible, como si nuestra pérdida no tuviera nombre. Mi pérdida y la de mi familia si tiene nombre y todos lo conocían como El Gaba.
Hoy sería El Gaba 2026.
Hoy no solo recordamos tu ausencia. Hoy alzamos la voz. Porque el dolor no se borra, pero tampoco se calla. Porque tu vida importa. Porque tu historia merece justicia.
Y porque aunque el tiempo pase, aunque los años se acumulen… el dolor no se hace más pequeño.
Se hace más hondo.
Más consciente.
Más firme en su clamor.
Hoy, como siempre, te seguimos esperando en la memoria, en el amor… y en la justicia que aún no llega.
Te amamos papi.
Erly Gregoria Rojas Salguero.





