
Hoy las campanas parecen sonar con un eco distinto. La partida del Padre Pascual deja un profundo vacío en el corazón de la comunidad que durante años encontró en él un guía espiritual, un consejero y un amigo.
Su vida sacerdotal fue un testimonio de entrega. Desde el día en que respondió al llamado de Dios, abrazó con alegría la misión de anunciar el Evangelio, acompañar a los más necesitados y servir con humildad a cada persona que se acercó a él. En cada celebración, en cada visita a un enfermo, en cada palabra de consuelo y en cada bendición, dejó huellas imborrables.
El Padre Pascual no solo celebró sacramentos; celebró la vida de su pueblo. Compartió alegrías y tristezas, bautizó a niños, unió a parejas en matrimonio, despidió con esperanza a quienes partieron y sostuvo la fe de quienes atravesaban momentos difíciles. Su ministerio estuvo marcado por la cercanía, la sencillez y un profundo amor por Dios y por su comunidad.
Quienes lo conocieron recordarán su sonrisa serena, su disposición para escuchar y su capacidad de transmitir paz. Más que un sacerdote, fue un compañero de camino que enseñó con el ejemplo que la verdadera grandeza está en servir a los demás.
Hoy despedimos a un pastor fiel que ha concluido su misión en la tierra. Aunque su ausencia duele, permanece vivo el legado de fe, esperanza y amor que sembró en tantas vidas. Con gratitud elevamos una oración por su descanso eterno, confiando en que el Señor, a quien sirvió con fidelidad, lo ha recibido en su Reino con las palabras: “Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor.”
Que el Padre Pascual descanse en la paz de Dios y que su ejemplo siga iluminando el camino de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. Amén.





